El nombre te pone en modo cuento antes de siquiera entrar. Érase Un Café está escondido en la Calle de las Damas, en un pasaje que conecta una cuadra con la siguiente: fácil de pasar de largo, y eso es parte del encanto. El interior va por su propio camino: sillas desparejadas, decoración excéntrica, ese tipo de espacio que se toma en serio lo justo para resultar entrañable. El café es bueno de verdad, preparado con cuidado y con un montaje de espresso serio. Pero la verdadera razón para venir son los postres. Hacen unas piezas bellísimas que parecen frutas tropicales, maracuyá, naranja, cada una rellena de mousses y cremas que saben tan bien como se ven. Pide un postre y acompáñalo con un café. Esa combinación es todo el punto de la visita. Dos sedes en la Ciudad Amurallada.
Magno destacó a Érase Un Café en
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